Así, con signos de exclamación.
Que tire la primera piedra quien no haya pronunciado nunca estas dos palabras de forma consecutiva y, por lo general, irracional. Así, sin pensarlo, desde lo más hondo de su honestidad.
¡Puta publicidad! Cuando te cortan un capítulo de tu serie favorita en su momento de plenitud (que en ocasiones, por suerte, suele coincidir con la plenitud de tu vejiga). ¡Puta publicidad! Cuando estás escuchando a tu equipo por la radio y el patrocinador de turno toma el micrófono para invitarte a un purito. ¡Puta publicidad! Cuando vas a entrar en una página web y un interstitial te roba diez segundos de tiempo para decirte lo suave que te deja la piel una nueva maquinilla de afeitar con 218 cuchillas y una banda de protección. ¡Puta publicidad! Cuando pagas siete euros por entrar al cine y antes de la película tienes que tragarte cuatro anuncios de los de la tele, pero en sus versiones extendidas, y otros tantos trailers de películas que te pueden interesar… o no.
Puta publicidad, ¿no? ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer este martilleo constante en nuestras interacciones con los medios? ¿Por qué navegar por Internet ha sustituido a lo que antaño era la visita rutinaria al mercadillo? Ahora es cuando invoco a Perogrullo para dar respuesta a esta repetida y propagada queja. ¡Porque es gratis! ¡GRATIS! ¡GRATUITO! ¡GRATIS!
¿Que qué es gratis? Vale, la conexión a Internet no lo es, evidentemente, y especialmente en este país. Tampoco es gratis el equipo para navegar, cierto, ya sea un Mac o un PC. Pero… ¿Pagamos acaso por visitar nuestro Facebook o twittear? ¿Por leer las últimas noticias locales o seguir en directo el partido de nuestro equipo? ¿Por enviar o recibir información en nuestro correo electrónico? Todas esas páginas y servicios no brotan como setas en Internet. Requieren un coste, horas de dedicación para su diseño y mantenimiento, y sueldos a pagar a cientos de miles de personas que están detrás de su funcionamiento. Resulta un tanto injusto que clamemos al cielo, por ejemplo, cuando una página nos muestra su lado 404, como si fuera un servicio por el que nuestros bolsillos hubieran vomitado un pastizal. De igual modo, debería resultar completamente comprensible que alguien que dedica a su plataforma, herramienta o comunidad horas y horas de su tiempo pretenda obtener una cierta compensación. ¡Empatía 2.0 amigos!
Analizado este lado, el del espectador irascible, cambiemos de perspectiva y pongámonos en la piel de una marca. Yo, como blogger sin audiencia, puedo intentar convencer a unos pocos de la necesidad de la publicidad para que las cosas funcionen, intentar hacer ver que la publicidad es el combustible de Internet. Que la publicidad, al fin y al cabo, es el modelo de negocio de la red. Pero no puedo evitar reacciones de rechazo ante anuncios intrusivos, molestos, pesados, vacíos, fuera de contexto… Es trabajo de las marcas y las agencias asentar la publicidad en los entornos adecuados y de una forma atractiva para el espectador.
Pero eso ya es otra historia…
PD: Preguntaréis, o no, por qué vengo a justificar en mi blog la necesidad de la publicidad en Internet. Diréis que me dejo llevar por mi deformación profesional y que tengo una visión completamente partidista del asunto. Pues…

Efectivamente el modelo social en que vivimos ha instaurado la publicidad como elemento de corrupción sutil. Tanto desde el punto de vista de los suministradores de cualquier tipo de producto o servicio (o marca personal), que aceptan identificar su marca con la de los anunciantes, como desde el lugar del consumidor que acepta recibir publicidad para pagar menos por los servicios hemos vendido nuestra alma al diablo por pura codicia. A partir de ahí cualquier exigencia de objetividad, veracidad y/u oportunidad queda notablemente deslegitimada y por tanto no vale gritar ¡Puta publicidad! Si quieres ver a un piloto jugarse la vida en cada curva, para lo que necesita mucho dinero a cambio, como tú no lo puedes pagar no te queda otra que ver a la compañía telefónica, al Banco de turno o a la marca de moda en textil. Claro que eso que no pagas al ver la carrera lo pagas con cada llamada de teléfono, con cada transferencia en el banco o con cada camisa que te compras, cuyos beneficios van a parar al piloto o al futbolista de turno. Si creías que algo es gratis, bienvenido a la cruda realidad.
Realmente para que eso cambie y podamos eludir esta corrupción sutil todo pasa por no pretender que nadie cobre tanto por jugarse la vida o por jugar al fútbol, y por no necesitar cambiar de móvil cada 6 meses y de camisa cada 3. Pero me temo que eso va a costar un poco. Quizá algo salga de la crisis actual.
Coincido contigo en bastantes puntos. Aunque haya enfocado el artículo a la publicidad online, se puede extrapolar indudablemente a todos los entornos publicitarios. Y sí, es posible que ahondando más en la cuestión podamos concluir que el auge del ocio como vía de escape tenga que ver en la hegemonía del modelo de financiación publicitario en los medios de comunicación.
Pero realmente yo no veo negativo que el ocio se financie con publicidad. Quizás lo peligroso empieza cuando la publicidad entra ya no sólo en el ocio si no también en la información. Entonces, y no antes, empezaríamos a hablar de esa corrupción que mencionas. Como publicitario de carrera y comunicador de profesión, me niego a creer en la volubilidad de la mente humana, al menos a niveles tan básicos que le lleven a cambiar de banco por un patrocinio o un anuncio.
La comunicación es una suma de muchas cosas, muchísimas, y la publicidad hoy en día, con el nivel de entrenamiento del espectador, ejerce en su mayor parte una función recordatoria y posicionadora, no decisora. Sin embargo, por otro lado, con el modelo empresarial que nos ocupa (y nos ocupará una larga temporada), contribuye a hacer funcionar los engranajes de los distintos canales de comunicación. Entre ellos, y en un altísimo porcentaje, Internet.
El gran volumen de dinero que se mueve en publicidad sólo tiene un retorno para una empresa comercial: incrementar más los beneficios de las ventas que el gasto que supone. Posicionamiento, recuerdo y todo lo demás no son más que medios para conseguir el fin único. Con esto quiero decir que si al final no afectara a las decisiones de los compradores no invertirían ni un solo euro.
Y cuando Matías Prats te recomienda invertir en ING está vendiendo su alma al diablo (salvo que sea un real admirador del servicio), y está traicionando a quienes han visto en él a alguien en cuyo criterio confiar. Y eso lo hace por dinero. Lo mismo Nadal cuando te vende coches y Concha Velasco cuando te vende antifugas.
Y eso a otra escala con todo lo demás. La vinculación de “entes” a marcas, si no es por convencimiento (que no suele ser) es una corrupción o una prostitución a cambio de dinero.
Otra cosa es que eso lo demos por válido igual que consumir de fabricantes no éticos, pero ¡No nos engañemos!
No te quito ni una coma, pero por el momento no queda más que asumir esta realidad o, como tú has dicho, por que todos cambiemos nuestros hábitos de consumo de forma radical. Esto último suena a utopía ahora mismo, pero… ¡seamos más open-minded!
Además, yo creo que a Internet le quedan modelos de negocio por descubrir. De momento todo se resume a 3, en la mayoría de los casos: publicitario, freemium o suscripción. Tiene que poder explotarse muchísimo más.